Viví aquí durante dos años. En ese tiempo, desde El Orfagatorio rescatamos a más de 30 gatos. Viajaron hasta Lima, fueron rehabilitados y casi todos encontraron una familia. Michael todavía espera la suya.
Hoy camino nuevamente por Nanay, Iquitos, Belén y San Juan Bautista y siento que, aunque algunas calles han cambiado, para los animales que viven en ellas demasiado sigue igual.
Hay gatos por todas partes.

Los que vemos durante el día son cientos. Pero están también los que se esconden, los ferales y los que salen de noche buscando algo que comer. Probablemente sean miles.
Hay cachorros, adultos, madres gestantes y gatas criando una camada tras otra. Muchos están extremadamente delgados, con parásitos, problemas de piel y otras enfermedades. Se han vuelto parte del paisaje urbano.
Y quizá eso sea lo más doloroso: nos acostumbramos a verlos.
Una gata pare debajo de una casa de madera o deja a sus crías en un drenaje mientras sale a buscar comida. Entonces llega una de las lluvias intensas de la Amazonía y esos mismos espacios pueden inundarse. Algunos bebés simplemente no sobreviven.
Mientras tanto, el calor y la humedad hacen todavía más difícil la vida en la calle.
Pero esto no puede reducirse a señalar a las personas y decir que “no cuidan a sus animales”.

Iquitos y Loreto también viven sus propias desigualdades y dificultades. Cuando una familia tiene problemas para cubrir alimentación, transporte y otras necesidades básicas, sus animales también sienten esas crisis.
El abandono animal no ocurre aislado de la realidad social de un territorio.
Y hay algo que quienes hacemos rescate tenemos que decir con claridad:
No podemos rescatar nuestra salida de este problema.
Ninguna asociación, albergue, rescatista o grupo de voluntarios puede recoger, esterilizar, desparasitar, tratar, alimentar y encontrar hogar para miles de animales mientras continúan naciendo camadas en las calles.

Podemos salvar a uno.
Podemos salvar a treinta.
Podemos salvar a cien.
Pero sin políticas públicas sostenidas de esterilización, salud animal, educación, identificación, tenencia responsable y control poblacional, siempre habrá otros esperando.
Tres años después regresé a Iquitos.
Y ellos siguen aquí.
Esperando comida.
Buscando sombra.
Pariendo en las calles.
Sobreviviendo a la lluvia.
Sobreviviendo al calor.
Sobreviviendo, también, a nuestra indiferencia.
La forma en que una ciudad trata a los animales que viven en sus calles también dice mucho sobre la ciudad que estamos construyendo.

Iquitos necesita mucho más que rescate.
Necesita una política pública de bienestar animal.
Verónica M. Ponce
🐾 El Orfagatorio

